DELTA DEL EBRO

Se localiza en la desembocadura del río Ebro,  entre las comarcas del Bajo Ebro y del Montsiá, en la parte más meridional de la provincia Tarragona. Fue declarado parque natural en agosto de 1983.

El río Ebro, el más caudaloso de España,​ es el principal responsable de este entorno, aportando los materiales arrancados de su cabecera para depositarlos aquí, en la conjunción con el Mediterráneo. Los sedimentos son por lo tanto, materiales provenientes de los Pirineos, el sistema Ibérico y la cordillera Cantábrica, lugares de donde nace el río. La cantidad de materiales sedimentados han creado una superficie de más de 320 km², en la que se han formado numerosos hábitats. La actual forma del Delta es una «flecha» perfectamente dibujada que penetra cerca de 22 km en el mar, creando así el tercer mayor delta del Mediterráneo tras el delta del Nilo con 24.000 km² y el del Ródano, que abarca una superficie de 500 km².

El paisaje del Delta tiene una fuerte personalidad. Las tierras totalmente planas le dan un aspecto particular. Los extensos arrozales, cambiantes según las estaciones (terrosos en invierno, inundados de agua a la primavera, verdes en verano), dominan la fisonomía del Delta. En su parte litoral encontramos uno de los paisajes más atractivos de la Mediterránea.

Grandes lagunas rodeadas por cañizales y juncales. En la parte periférica encontramos grandes extensiones de suelos salinos con adarce y playas largas y desiertas, con dunas coronadas de barrón y otras plantas bien adaptadas al medio.

Leyendas del Río Ebro

El río Ebro, el padre de toda la península a la que dió nombre, no podía sustraerse al antiguo influjo de la leyenda. Ya los romanos lo deificaron, personificándolo en un númen sobrenatural conocido como el Flumen Hiberus, según una lápida que se conserva en el Museo de Tarragona.

Es lo habitual: fuentes, lagos y ríos fueron en la antigüedad objeto de adoración y de prácticas rituales asociadas a la fertilidad. Para nuestros antepasados los cursos de agua están poblados de seres de otros mundos y deidades protectoras: ninfas, náyades, lamias o lainas, fadas y donas d’aigua, xanas…

Una leyenda sobre el origen de los Pirineos asegura que cuando Heraklés o Hércules, hijo de la diosa Hera, prendió una gigantesca pira para quemar ritualmente el cuerpo de la difunta ninfa Pyrene, las piedras se deshicieron y licuaron, y desde las montañas se convirtieron en ríos de oro. A partir de entonces, los ríos de los Pirineos fueron hollados en distintas etapas de la historia por buscadores convencidos de que en su cauce podrían hallar el rico metal. Alguno de los ríos todavía conserva un nombre asociado a esa antigua creencia, como el río Aurín.

También el río Ebro fue, para algunos estudiosos bíblicos, la vía que siguió el nieto de Noé, Túbal, tras el Diluvio Universal, después de que las aguas comenzaran a descender y se pudiera hacer pie en alguna cumbre pirenáica. Poblaciones de la ribera del Ebro como Velilla de Ebro, Gelsa, Pina, Escatrón, Sástago, Caspe, Zaragoza o Tarazona aparecen en ocasiones señaladas como colonias fundadas por Túbal. Pueblos y razas asociados a los ríos hay muchos, pues de siempre han sido los cauces canales de comunicación y colonización. Uno de ellos, el río Gállego, Galligo en aragonés, toma su nombre del camino de los Galos, vía de penetración en tierras aragonesas de la cultura celta proviniente de Francia, y camino de comunicación hacia los Pirineos de los pobladores romanos.

Si hay un objeto milagroso por excelencia que adquirió virtudes sobrenaturales gracias a su aparición sobre las aguas del Ebro, ese es sin duda, la campana mágica de Velilla. Apareció navegando a contracorriente, fué sacada y colocada en el campanario de San Nicolás y, a partir de entonces, tañía sin que nadie la tocara, para anunciar grandes tragedias y sucesos.

Hay también un curioso denominador común en algunas leyendas relacionadas con el Ebro: las historias de los decapitados. Debió ser costumbre arrojar las cabezas de los ajusticiados al cauce del Ebro, a juzgar por la abundancia de este tipo de leyendas. La cabeza del mártir Frontonio fue arrojada al Ebro, pero navegó contracorriente hasta la desembocadura del río Jalón y fué a parar a la Villa de Épila, de la que es el patrón. San Lamberto cruzó él mismo el Ebro, pero lo hizo con su propia cabeza recién cortada sujeta bajo el brazo, y fue a enterrarse en la cripta de la iglesia de Santa Engracia. Por último, Emeterio y Celedonio fueron mártires decapitados en Calahorra, sus cabezas fueron tiradas al río Ebro, flotaron hasta el mar, dieron la vuelta a la península, y aparecieron en la playa del Sardinero, en Santander, de donde son patrones.

Y sobre gentes que van desde el río al mar, también se cuenta una leyenda de un hombre-pez que se lanzó al Ebro y apareció años más tarde en el mar Mediterráneo, historia muy parecida a la más famosa del hombre-pez de Liérganes, un cántabro aficionado a nadar que se lanzó al mar en San Sebastián y fue pescado mucho tiempo después en aguas andaluzas, con escamas en su piel y los dedos unidos por membranas.

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